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¿Medir el progreso de un alumno? por Juan Castro Gallardo y Esther Suárez

Este artículo ha sido inspirado por la excelente reflexión que se hizo sobre el tema ‘control progress’ en la conferencia de directores de estudios (DOS conference 2014) el pasado enero en la ciudad de Londres

Un método clásico es hacerlo mediante exámenes o test que cierran un ciclo, un nivel y que ofrecen, tanto al profesor como al alumno, una visión de hasta dónde se ha llegado en el proceso de aprendizaje. Este sistema, sin embargo, presenta algunos problemas evidentes:

Uno de ellos es que no llega a medir realmente las capacidades y competencias del alumno, aunque se traten de hacer dichos exámenes lo más completos posibles.

El otro punto problemático es que hacer pruebas o test provoca, en la mayoría de los casos, una sensación en los estudiantes como la de ir al dentista para un tratamiento sin anestesia.

El profesor tiene, o debería tener, una visión general del progreso de sus aprendientes, así como de los problemas principales que les impiden avanzar en los diferentes campos de la enseñanza, pero un participante, un alumno, ¿cómo adquiere conciencia de su progreso?

Todos sabemos que empezar a aprender una nueva lengua es como empezar a comer fruta con cuchillo y tenedor. Al principio nos resulta difícil, tal vez doloroso (si la fruta es demasiado resbaladiza), pero pronto empezamos a coger el tranquillo y, después de un tiempo prudencial, nos parece que hemos nacido pelando naranjas o manzanas como quien se rasca la cabeza.

La percepción de que estamos aprendiendo algo y de que ese algo se está cuajando en nosotros aparece tras las primeras sesiones y en el momento en el que vemos que todo el esfuerzo inicial da frutos visibles.

Hemos pasado de no saber nada a saber algo, de no tener conciencia siquiera de cómo enfrentarnos a la simple pronunciación a poder, aunque parezca poco, expresar no sólo quiénes somos, sino también de dónde venimos y a qué dedicamos el tiempo libre.

Cuando este primer momento de euforia parece que no va a tener fin, llegan los problemas.

Aprender una lengua es un proceso largo, muy largo, en el que no sólo hay que tomar conciencia de una nueva forma de ordenar elementos, sino también de una nueva forma de pensar, de crear, de interactuar, etc…

Es en ese momento, aunque debería serlo desde el principio, cuando el alumno debe hacerse consciente de su progreso en el proceso de aprendizaje. Debe ser consciente de todo lo que, hasta ese momento, ha adquirido, de todo lo que puede hacer con lo aprendido y del camino amplio que lleva andado.

Como he comentado antes, un examen o test o prueba, aparte de no demostrar nada realmente, excepto una capacidad de memoria exquisita, es un trance no muy apreciado por el alumno (y si somos honestos por casi nadie en este mundo).

Entonces, ¿qué podemos hacer? Las editoriales han comenzado a incluir en sus manuales el ‘portafolio’, normalmente al final de una lección o ciclo, con el que el participante, de forma autónoma, individual, va viendo todo lo que ha aprendido y anota o constata cuáles son sus puntos fuertes y cuáles han de reforzarse.

Además de esta herramienta utilísima, nuestro equipo de trabajo ha comenzado a realizar algunas actividades paralelas para ayudar, dentro de lo posible, al alumno a ver su progreso y hacerle consciente de su grado de integración tanto en la lengua como en su equipo de trabajo.

Una de las ideas fundamentales ha sido la de hacer un ‘portafolio de la clase’, en el que se recogen todos los puntos trabajados por el grupo.

Esta variación permite que el alumno no sólo sea consciente de su evolución individual, sino también de la de sus compañeros y, al tiempo, de la del grupo como una ‘unidad’.

Hacer este tipo de actividad, de ‘portafolio’, ofrece una visión de todo lo trabajado, una imagen general de todos los campos vistos, refuerza la memoria, ya que no es un acto solitario sino grupal y genera un conocimiento mucho mayor al poner en funcionamiento tanto los intereses individuales como los grupales.

Se ha establecido, también, una suerte de lista de objetivos que los diferentes participantes acuerdan, entre sí y junto al profesor, antes de comenzar a realizar su curso. En dicha lista aparecen no sólo los intereses individuales, sino también los colectivos.

Dicho listado se irá reduciendo, con el paso del tiempo, hasta que todos los objetivos en ella escritos se hayan visto cumplidos.

Aunque lleva poco tiempo en uso, los resultados que hemos podido observar han sido de lo más positivos. Gracias a este tipo de control del progreso, el profesor tiene una conciencia mucho más clara de qué es exactamente lo que esperan los participantes y puede controlar no sólo los puntos fuertes de las lecciones, sino también aquellos que todavía no han llegado a la meta que el grupo, como colectividad, y los estudiantes, de forma individual, establecieron desde el comienzo.

Otra novedad que hemos empezado a poner en práctica es escribir en un tablón el vocabulario más relevante al finalizar  cada clase. En nuestros cursos  extensivos, (cursos que tienen lugar  una vez por semana) guardamos este vocabulario unas 4 semanas y luego hacemos un pequeño test sobre el mismo. Para nuestros cursos intensivos, anotamos el vocabulario cada día y al final de cada semana se hace el test.

Lo positivo de esta práctica es que el vocabulario está allí cada vez que tiene lugar el curso  y que los alumnos pueden recurrir a él cuando lo necesiten, o cuando no hayan asistido a una clase o simplemente cuando quieran repasar. De esta forma ayudamos a nuestros alumnos a acostumbrarse a aprender conscientemente un  número de vocabulario cada cierto tiempo.

Además, estamos organizando encuentros de profesores y estudiantes de diferentes niveles una vez al mes.

Nuestros participantes, nuestros alumnos, al no encontrarse en un estado de inmersión y tener un contacto muy parcial con la lengua, en la mayoría de los casos, tenían una enorme carencia del uso vivo y ‘real’ de ella.

Con estas reuniones se está tratando de llevar la enseñanza al estadio del día a día. No hay guiones, no hay programación ni metas predeterminadas. La única meta, se así se le puede llamar, es la de poner en práctica todo lo que ‘ya saben’ en un contexto más natural, frente a nativos que no están allí para aclarar conceptos gramaticales y otros alumnos que han recorrido el mismo camino que ellos.

Estas ‘tertulias’ donde nadie impone temas ni nadie lleva la voz cantante, aunque llevan poco tiempo en funcionamiento, van dando muy buenos resultados y teniendo gran aceptación. Como un alumno comentó un día: “es como quedar para tomar un café con conocidos, sólo que hablando en español”.

Del mismo modo, las tareas de repaso, de revisión de contenidos, que son un clásico de nuestro trabajo, se han ido enfocando a actividades lúdicas en las que conceptos gramaticales, léxicos etc  se refuerzan en una sana competición sin ganadores ni perdedores, pero con un trabajo constante de evolución, de avance constante.

Dichas actividades se llevan a cabo, o bien al inicio de la sesión, o bien al final de la misma. En ambos casos la idea es la de hacer mucho más visible para el participante el detalle de en qué punto de su progreso se encuentra, así como de reforzar y de interiorizar todo lo ya aprendido.

Al presentarse como actividades con un alto componente lúdico, el trabajo se hace mucho más llevadero y, la idea de estar en uso constante de la lengua, resulta mucho más productivo.

Hasta el momento, todo el equipo de trabajo ha comenzado a poner en práctica estas y otras actividades para fomentar un mejor control del avance de los participantes, enfocando dicha cuestión desde diferentes puntos y no sólo, como hasta hace poco era habitual, con los test o exámenes regulares.

Hacer consciente al alumno de su progreso, no sólo beneficia su ‘estima’ como participante, también su interés en lo aprendido, su sensación de no estancamiento, su conciencia de relativización de ciertos puntos del aprendizaje (la obsesión de los adultos por las reglas y las traducciones en su lengua materna).

Muestra al alumno el marco del aula como un laboratorio en el que experimentar con los ‘ingredientes’ que ya posee, le da licencia para jugar con ellos aunque, en ocasiones, le explote en las manos la mezcla que ha probado y, sobre todo, el sentido de que su camino en la adquisición de esa nueva lengua no es algo duro, doloroso, aburrido, sino totalmente participativo, que tiene un sentido real, un por qué más allá del que él mismo había pensado.

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